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martes, 13 de diciembre de 2011

NAFARREN ETXEA CASA DE LOS NAVARROS

Emilia Pardo Bazán, cronista en París (1889)
María Isabel Jiménez Morales
Universidad de Málaga

Es conocida y comentada frecuentemente la afición de doña Emilia por los viajes, aunque la bibliografía al respecto sea escasa1. La escritora gallega viajó por España y por toda Europa desde su tierna juventud. Nunca cesó de aprender y de transmitir, a través de su personal visión, sus impresiones viajeras. No dejó constancia escrita de todas ellas, pero, aun así, publicó seis libros, nacidos por encargo -para dar cobertura oficial a eventos internacionales de distinto cariz- o por la necesidad de ampliar sus horizontes personales, de enriquecerse interiormente, por el mero placer de viajar, vertiente ésta escasamente difundida entre los españoles de entonces2. Publicó los siguientes libros de viajes: Mi romería. (Recuerdos de viaje) (1888), Al pie de la Torre Eiffel. (Crónicas de la Exposición) (1889), Por Francia y por Alemania (1890), Por la España pintoresca. Viajes (1896), Cuarenta días en la Exposición (1900) y Por la Europa católica (1902)3. También escribió numerosos textos, más breves, que fueron apareciendo en la prensa contemporánea o que se incluyeron en obras de carácter misceláneo. Es el caso de algunas descripciones de monumentos y paisajes gallegos insertos en De mi tierra (1888). Sin olvidar composiciones que no llegó a publicar, como sus primerizos Apuntes de un viaje. De España a Ginebra (1873).
La cercanía geográfica y la afición que sentía Pardo Bazán por Francia justifican sus numerosas visitas al país vecino. Ella misma confiesa, en la carta tercera de Al pie de la Torre Eiffel, que había hecho escala en Burdeos, antes de seguir hacia París: «por cortar la monotonía de un viaje que he realizado cien veces directamente». Baquero Goyanes no exagera cuando considera que Francia fue «para la escritora gallega algo así como una segunda patria»4. Este trabajo se centrará en el primer viaje que doña Emilia realizó a París como cronista de varios periódicos sudamericanos para cubrir la Exposición Universal de 1889, sin olvidar que, once años después, volvería a la capital francesa con idéntica misión.
Su primer encargo internacional no estuvo exento de polémica. Por un lado, Francia atravesaba una delicada situación política, materializada en la dura oposición del general Boulanger a Sadi Carnot, presidente de la República. Por otro, el certamen había elegido para su celebración el centenario de la Revolución Francesa. Pardo Bazán, que había mostrado en una de sus cartas parisinas su talante avanzado y liberal ante la destrucción de la Bastilla, juzgó completamente desacertada la fecha elegida, pues las Exposiciones, en modo alguno, debían conmemorar acontecimientos luctuosos ni hacer creer en la población que se consagraban la anarquía y la demagogia. Esta efemérides retrajo a la Europa monárquica, excusando su presencia oficial países como Alemania, Austria-Hungría, Italia o Rumanía5. España asistió por razones económicas y políticas, pues la mayoría liberal del país aconsejó positiva y beneficiosa la presencia. A estas dos circunstancias, habría que añadir una tercera: la difícil coyuntura política de Europa, en constante amenaza de paz armada. Pardo Bazán recogió en sus crónicas la visita de Humberto de Saboya a Guillermo de Hohenzollern en junio de 1889, con la que demostraron públicamente su alianza y poder militar. Este encuentro disgustó enormemente a Francia, nación, que, a juicio de la autora, sentía muy próxima la declaración de guerra de Alemania. Fue, en definitiva, una Exposición Universal de perceptibles tintes políticos, que la autora plasmó a lo largo de sus cartas.
De este primer viaje como cronista nacieron decenas de artículos. En aquellos años, era habitual que la cobertura de eventos internacionales se remitiese a algún periódico y adoptase el molde epistolar. Así lo haría la escritora en esta ocasión, como ya sucedió el año anterior en Roma, al seguir el jubileo sacerdotal de León XIII, crónicas periodísticas que se publicaron posteriormente bajo el título de Mi romería. (Recuerdos de viaje). Las cartas remitidas desde París aparecieron en diversas revistas y periódicos hispanoamericanos. Pese a los frecuentes comentarios que vinculan estas epístolas con la prensa trasatlántica, todavía hoy se desconoce cuál fue el diario receptor de tantas crónicas. La opinión más extendida coincide en afirmar que fueron remitidas a La Nación de Buenos Aires, pero en los índices de Coster y de Sinovas Maté no aparece referencia alguna que así lo confirme6. Con certeza, sabemos que publicó en otro periódico bonaerense, El Correo Español, fragmentos de dos epístolas que luego insertaría en Al pie de la Torre Eiffel y en Por Francia y por Alemania7.
Aparte de su colaboración en Hispanoamérica, la escritora envió fragmentos de sus cartas a varios periódicos y revistas de Barcelona y de Madrid; entre ellos, La Ilustración, La Época, El Imparcial y La España Moderna8. Los artículos aparecidos en las tres primeras publicaciones, aunque formasen parte de sus crónicas, eran escritos digresivos que nada contaban sobre el certamen en sí y que tenían entidad propia si se publicaban desgajados del conjunto. En El Imparcial, en concreto, Pardo Bazán no llegó a publicar información relativa al certamen, pues, para cubrirlo, estuvieron comisionados en París Federico Urrecha9 y José Ortega Munilla, siendo las colaboraciones de éste mucho más numerosas que las de su compañero10. Las entregas de Pardo Bazán para La España Moderna sí tuvieron un carácter más informativo. Fueron cuatro, de periodicidad mensual, de julio a octubre de 1889, y en ellas la autora tuvo que condensar mucho sus impresiones sobre el certamen. Pardo Bazán advertía al lector del retraso de sus artículos al comenzar en julio la crónica de una Exposición que se había inaugurado casi tres meses antes, y de la forzosa limitación del espacio en una revista mensual. Por ello, sólo podría desflorar el asunto y echar un vistazo a lo más curioso y notable. En estas cartas de La España Moderna siguió una clasificación metódica con el fin de no omitir nada importante en el resumen y de aclarar la información al lector. En la primera, disertó sobre el aspecto general de la Exposición: recinto, edificios, maneras de entrar, etc; la segunda la dedicó a «la parte esencial y útil de las Exposiciones»: la industria; en la tercera abordó los espectáculos y la moda; y en la cuarta pasó revista al elemento exótico, «que encuentro sumamente original y entretenido» (p. 168).
De todos estos artículos en prensa nacieron dos extensos libros: Al pie de la Torre Eiffel. (Crónicas de la Exposición) (1889) y Por Francia y por Alemania (1890), dados a la luz en Madrid en el establecimiento tipográfico de la España Editorial, a cargo del «inteligente y animoso editor» Sr. Manso de Zúñiga11. Pero una carta dirigida por la escritora a José Yxart el 29 de agosto de 1889 desvela que Pardo Bazán entabló negociaciones con otros impresores12. Estos dos libros nacieron rápidamente, a las pocas semanas de aparecer las cartas en la prensa. La autora era consciente del raudo envejecimiento de las noticias que escogía, por ello: «el cronista tiene que aprovechar esa actualidad momentánea y efímera, y servirla a su público calentita, hirviendo, espolvoreada de sal, de azúcar y a veces hasta de pimienta ligera» (II, p. 249). Publicó tantas crónicas con el fin de conservarlas, dispersas como estaban en periódicos de distintos países. La costumbre de reunir en un volumen artículos y colaboraciones periodísticas fue muy alabada por Pardo Bazán, quien la puso en práctica en más de una ocasión:
¡Cuántas veces cogemos un diario, leemos en él, con interés sumo, una crónica que guarda conexión con otras y forma parte de una serie, y nos queda el apetito abierto e insaciado, porque no volvemos nunca a encontrar ocasión de echar la vista encima a las crónicas restantes!13
A este motivo habría que añadir otros dos: el interés que, al parecer, suscitaron sus escritos parisinos -requeridos insistentemente, según la Condesa, por amigos y lectores fieles- y la escasa información que, a su juicio, se estaba dando en España sobre la Exposición: «Publicadas en la prensa de América, aquí no las conoce nadie, y creo que por la actualidad tendrían venta», le escribe Pardo Bazán a Yxart cuando ya el certamen había sobrepasado su ecuador14.
La historia de la transmisión literaria de estas crónicas abarca poco más de una década. Los anuncios y reseñas aparecidos en la prensa del momento indican que Al pie de la Torre Eiffel se publicó en torno a octubre de 1889 y Por Francia y por Alemania, alrededor de febrero del siguiente año15. Debieron ser bien acogidas por el público estas dos obras, pues Pardo Bazán comentaba a principios de 1890 -en el Epílogo del segundo libro- que la copiosa tirada de Al pie de la Torre Eiffel se vendió rápidamente, de tal manera que se encontraba «punto menos que agotada, al mes y medio de haber visto la luz»- En estas mismas páginas anunciaba su reimpresión y su traducción al francés16.
En la prensa, tuvo una repercusión mayor Al pie de la Torre Eiffel. En octubre de 1889, recién llegada Pardo Bazán de París, La Época comunicaba a sus lectores que esa misma semana se pondría a la venta en las principales librerías españolas una nueva obra de la escritora gallega: Al pie de la Torre Eiffel. El redactor indicaba, brevemente, su contenido y afirmaba: «En ella brilla no sólo la tersura de un castizo estilo, sino la originalidad de un juicio firme y claro y las deducciones de un espíritu observador»17. Gracias a la amabilidad del editor, La Época adelantó algunos fragmentos de la primera carta del libro. A las dos semanas, La Ilustración Ibérica de Barcelona publicaba una reseña de Carlos Mendoza18. Su autor mostraba cierta indiferencia: «A decir verdad, no he encontrado en este libro gran cosa de particular» -así comienza su crítica- «quizás por lo mucho que se ha escrito sobre la Exposición y lo conocido que es aquí el mundo literario parisiense». Crítico meticuloso, mostraba los lunares de la obra. Daba su opinión sobre todo lo que, a su entender, sobraba -como lo relativo a la política francesa- y corregía apreciaciones de la autora, por si preparase una segunda edición. Concluía valorando el interés del libro por la presencia constante de la personalidad de la Condesa, «con sus múltiples contraposiciones de ideas y tendencias, y su estilo, ora desenfadadísimo, ora archiacadémico».
Hubo otros escritores que se hicieron eco de esta publicación. José Ortega Munilla envió una reseña al diario bonaerense La Nación19 y Clarín dedicó varios Paliques a las dos obras de la Condesa20. En el primero, enjuició Al pie de la Torre Eiffel. Tras comentar la anécdota protagonizada por doña Emilia y Edmond Goncourt sobre la conveniencia o no de estar enfermo para ser un verdadero artista, el crítico pasaba a resaltar la falta de exactitud de algunas de las afirmaciones del libro y apuntaba que la autora gallega escribía «demasiado deprisa», escapándosele gazapos, «noticias y calificativos que no se pueden admitir» (p. 6). La reseña de Clarín se centró en lo accesorio. Sólo hizo una referencia general al contenido del libro, aludiendo a su excesiva carga biográfica y personal21. El segundo texto del crítico asturiano se centró en Por Francia y por Alemania. Tras afirmar que el reciente libro era «excelente por mil conceptos», resaltó la falta de sinceridad de la escritora, que se declaró misogalla, no porque así lo sintiera, sino porque escribía para el público hispanoamericano. En las semanas siguientes continuaron apareciendo en la prensa artículos sobre estos dos libros de crónicas. Eduardo Gómez de Baquero insertó en La Época, en marzo de 1890, una crítica donde valoraba conjuntamente los dos epistolarios22. Este periodista destacó de ambas obras el ingenio, la fina observación y la variedad de temas tratados, tocados de pasada con «buen gusto y claro criterio», huyendo de los tecnicismos, «aceptable sólo en las obras de los sabios, y dando a las materias más áridas amenidad suficiente para hacerlas gratas al lector». Emilio Bobadilla, más conocido como Fray Candil, dedicó también en Capirotazos un recuerdo a Al pie de la Torre Eiffel23. Iniciaba sus comentarios con cierta crudeza: «parece dictado por la musa de la vanidad», y disentía de algunas de sus opiniones -en concreto, las relativas a Meissonier y Millet-, para, a continuación, resaltar capítulos interesantes -el dedicado a los Goncourt, por ejemplo- y concluir con una alabanza sobre su estilo: «un primor, salvo los galicismos». Todas estas opiniones, más o menos benévolas, tienen en común su brevedad. En ellas, los autores no realizaron un análisis exhaustivo de los libros. Les dedicaron apenas unos párrafos, ya fuese por disponer de poco espacio en la revista, por reproducir fragmentos de alguna de las cartas reseñadas o por compartir la sección con libros de otros autores. Sólo encontramos una crítica extensa a las cartas de la Condesa en Al pie de la Torre de los Lujanes24. Este folleto, rebosante de ataques personales, fue firmado por Un militar, seudónimo de Antonio Díaz Benzo25. Nació a raíz de unas polémicas afirmaciones de Pardo Bazán sobre el ejército. Todas sus contestaciones rezuman ironía, de la que se sirve el militar para desautorizarla como novelista. Desde la primera epístola, se burla del aporte autobiográfico y subjetivo del libro y ridiculiza la personalidad presuntuosa de la autora por opinar de temas tan sesudos como, por ejemplo, la política internacional. Alude con mucha frecuencia a la vanidad y soberbia de doña Emilia; le afea que escriba de cosas que no entiende, «sin madura reflexión», y de cuestiones que nada tienen que ver con el certamen. Aunque esto no le importa demasiado, pues, en su opinión, «valen más sus descripciones que sus juicios personales» (p. 60), concluyendo que el libro no es, en realidad, una crónica de la Exposición, sino crítica literaria: «de lo que usted y sus amigos hacen, hablan y piensan, para que todos nos enteremos de sus mutuos rencores y de sus mutuos bombos» (p. 29). A los ataques ya referidos, Díaz Benzo añade el de su escasa formación, pues, pese a su egocentrismo y vanidad, cuando escribe de asuntos serios «que exigen meditación y estudio», no está a la altura. Al final del folleto, el autor recapitula las aportaciones de esta obra: «su libro habla muchísimo bueno de usted, mucho mediano de sus amigos, muy mal de España, pésimamente de nuestro sufrido ejército, y poquísimo de la Exposición» (p. 61), para concluir que «el libro titulado Al pie de la Torre Eiffel pudiera llamarse más bien A los pies de Doña Emilia» (p. 62)26.
En 1899, estas dos obras se reeditarían «por el inmerecido favor que el público no ha cesado de dispensar a estas Crónicas», comentaba la autora en el Prólogo a la segunda edición27. Formarían el volumen XIX de sus Obras completas. Este nuevo tomo de crónicas parisinas apareció sin datar dentro de la serie, pero puede fecharse con total precisión, gracias a una entrevista concedida por la autora en noviembre de 1899. En ella, Pardo Bazán comentaba sus proyectos literarios. Tras informarnos de su intención de «revisar y corregir esmeradamente» su Vida de San Francisco de Asís para incluirla en esa colección, el periodista puntualizaba que, «recientemente», había formado «un nuevo volumen de sus Obras completas con los dos tomos de sus crónicas Al pie de la Torre Eiffel y Por Francia y por Alemania. El libro llevará el primero de estos títulos»28.
La segunda edición no fue íntegra y presentaba múltiples variantes de autora. Ofrecía un nuevo Prólogo y cambiaba de lugar el Epílogo, adelantándolo a todas las cartas. Pardo Bazán refundió los dos títulos en un solo volumen, lo que le obligó a replantearse la permanencia de muchos excursos que se alejaban, por la temática, del objeto de su obra. Las casi trescientas páginas de Al pie de la Torre Eiffel y las doscientas sesenta de Por Francia y por Alemania se refundieron en apenas trescientas catorce. La autora procedió a la supresión completa de trece cartas y al corte de numerosos pasajes digresivos sobre literatura, política, pintura y filosofía. Sorprende, no obstante, que mantuviese en 1899 fragmentos que nada tenían que ver con la Exposición29. Transcurridos diez años, la autora había comprobado la recepción de sus dos libros, lo que le influyó a la hora de seleccionar las supresiones y cambios. Advertía en el Prólogo a su segunda edición que había eliminado algunos capítulos «que en otros trabajos y con mayor detenimiento y reflexión he tratado después». Y confesaba que había intentado recortar «superfluidades y personalismos que en la crónica periodística se excusan y en el libro desdicen». Para concluir: «He respetado lo esencial, una impresión fuerte, vivaz y espontánea del París de la Exposición, y un relato de viaje que todavía a pesar del tiempo transcurrido, hay quien tiene la bondad de leer gustoso» (III, p. 10). Al pie de la Torre Eiffel y Por Francia y por Alemania forman un voluminoso epistolario de treinta y ocho cartas, donde -en algunos casos- Pardo Bazán va realizando indicaciones expresas sobre el trayecto y la periodicidad de esa correspondencia. Al pie de la Torre Eiffel se compone de diecinueve epístolas, fechadas entre el 7 de abril y el 14 de julio, conmemoración del centenario de la toma de la Bastilla. Y Por Francia y por Alemania incluye un número idéntico más un interesante Epílogo, comenzando la serie el 18 de julio y finalizando el 8 de octubre de 1889. Aunque la carta inicial de la colección lleva fecha del 7 de abril, la primera epístola «parisina» la escribe un mes después, haciéndola coincidir con la inauguración de la Exposición, celebrada el 5 de mayo30. La estructura de estas obras es sencilla. De las diecinueve cartas de Al pie de la Torre Eiffel, las cuatro primeras se concibieron como preludio. En ellas, la escritora ponía en antecedentes al público sudamericano sobre política francesa, contaba experiencias personales de sus otros viajes a París, informaba de sucesos relevantes e incluía crítica literaria. Las dos primeras fueron escritas desde Madrid -el 7 y el 21 de abril- y las dos siguientes desde Burdeos, donde Pardo Bazán hizo escala para asistir a un congreso y visitar a un amigo hispanista. Éstas llevan fecha del 2 y 4 de mayo, respectivamente. La primera carta parisina es de tres días después, aunque por sus propias declaraciones, sabemos que llegó antes a la capital: «Para empezar por el principio, digo que llegué a París en la madrugada del 4, en un tren atestado de gente» (I, p. 81). Quería asistir a los festejos de la inauguración: «empeñeme en agotar las distracciones del 5 y 6 de mayo, y he aquí por qué el 7 estoy -o estaba, pues ya me siento algo mejor- molida como cibera» (I, p. 81).
Su labor como cronista cubrió la duración íntegra del evento, pero Pardo Bazán no permaneció en París todo el período. En esos cinco meses de correspondencia viajó varias veces a España y visitó distintos países centroeuropeos. Por algunas de sus escasas cartas personales, sabemos que Pardo Bazán remitía desde Madrid o La Coruña crónicas que aparecían fechadas en París. Habituada a un ritmo de trabajo abrumador, tomaba apuntes sobre el certamen que, luego, elaboraba en España. Este hábito puede justificar la inclusión de tantas digresiones a lo largo de sus dos libros o el hecho de que comente acontecimientos con varios meses de retraso, a la espera de tener o no cabida en sus crónicas31. No sin cierta dificultad, intentaré reconstruir sus idas y venidas entre España y Francia a lo largo de estos meses. Con absoluta certeza, viajó a París a principios de mayo, para asistir a la inauguración del certamen y, así, aprovisionarse de notas, datos e impresiones que fueron jalonando sus crónicas periodísticas. A principios de junio, ya había regresado a Madrid, pues el día 3 escribía desde esta ciudad a José Yxart. En esta misiva aparecían sabrosas confesiones de la autora. Comentaba, por ejemplo, que: «dentro de unos días» saldría para París «a cumplir mis deberes de cronista». Esta escala en Madrid quizá tuviera por objeto recoger a sus hijos para llevarlos consigo a la Exposición, con los que, a finales de junio, se hallaba en París: «Hoy [la carta está fechada el 29 de junio], por descansar algún tanto de la Exposición, resolví llevar a mis dos chiquillos, Jaime y Blanca, a ver el museo Grevin, que no es sino una colección de figuras de cera» (I, p. 229). Un poco más adelante, continúa:
Así se explica el que yo me haya traído nada menos que a la Exposición parisiense a dos personajes de trece y diez años, no cumplidos, y les enseñe (con la ilusión de que no pierdo el tiempo) cuadros, estatuas, bailes exóticos, instrumentos científicos, teatros y jardines.
(I, pp. 229-230)
Esta segunda estancia la prolongó, al menos, hasta mediados de julio, pues asistió en persona a la inauguración del pabellón mejicano y a los fastos conmemorativos del aniversario de la toma de la Bastilla: «Esta mañana me despertó el cañón. [...] me vestí y me fui a presenciar, delante del Hôtel de Ville, el desfile de los batallones escolares» (I, p. 287). En la carta citada, remitida a Yxart el 3 de junio de 1889, comentaba la autora que los meses de calor los pasaría en Galicia. De lo que se deduce que, tras la visita parisina con sus dos hijos, pudo regresar a Marineda y, después, a Madrid, donde se encontraba a finales de agosto, por otra carta remitida a José Yxart el día 29. Desde Madrid partiría por tercera vez hacia París y de allí al centro de Europa, para realizar un viaje de placer a Alemania, Suiza y Austria. En la carta XIII de Por Francia y por Alemania confesaba:
mi condición errática y vagabunda, y la necesidad de pasar en Francia el otoño, me determinaron a esta humorada de echar el paso largo y extenderme hasta Alemania y Bohemia, recorriendo nuevos países y contemplando nueva gente, cosa que, sin más añadidura, ya basta para distraer el espíritu y bañarlo en deleitable serenidad.
(II, pp. 147-148)
En estos países permaneció buena parte de septiembre. El día 10 llegó a Zurich y el 20, a Carlbasd, hallándose el 28 nuevamente en París, pues allí debía estar a finales de septiembre32. Permanecerá en esta capital hasta la primera semana de octubre, fecha en que regresó definitivamente a España y dio por concluida su labor de cronista.
Su persistente afán de contar cosas de omni re scibili y de deleitar e interesar a un mismo tiempo, no le permitía profundizar en sus crónicas ni recoger pormenores exactos, que no eran propios de unas crónicas «escritas con tal premura y descuido». Ella así lo advierte en el «Epílogo»: «obliga a nadar a flor de agua, a presentar de cada cosa únicamente lo culminante, y más aún lo divertido, lo que puede herir la imaginación o recrear el sentido con rápida vislumbre, a modo de centella o chispazo eléctrico» (II, p. 245). Parafraseo unas declaraciones de la autora que resumen el patrón seguido para redactar sus crónicas: el estilo ha de ser «plácido, ameno, caluroso e impetuoso»; el juicio, accesible a todas las inteligencias; los detalles, entretenidos, con pincelada «jugosa y colorista» y, por último, la opinión, marcadamente personal, «aunque peque de lírica», pues el tránsito de la impresión al papel es tan inmediato que no ofrece tiempo para serenarse y, en consecuencia, objetivar: «En suma, tienen estas crónicas que parecerse más a conversación chispeante, a grato discreteo, a discurso inflamado, que a demostración didáctica. Están más cerca de la palabra hablada que de la escrita». (II, p. 246). Haber sido redactadas para un público americano obligó a la autora, en parte, a presentar sus crónicas de modo diferente que en su país. Sucesos o noticias familiares a lectores españoles, a los que tan sólo dedicaría una rápida alusión, debían, por el contrario, ser presentados en América de modo «punzante y contundente, hiperbólico y animado». Sin olvidar el espacio dedicado a todo tipo de cuestiones «prácticas»33.
Estos dos libros muestran muchas de las características de la escritura de Pardo Bazán. Sus páginas rezuman subjetividad y un enfoque diferente al abordar la vida de un país o ciudad distintos a los suyos; queda patente el carácter misceláneo de acontecimientos de la máxima actualidad; se aprecia un destacado componente autobiográfico e íntimo y se reafirma su compromiso con la sociedad, lo que en ella implicaba una continua concesión a la polémica.
Con respecto al primer rasgo apuntado, en los libros de viajes de Pardo Bazán era habitual presentar cada cosa en su «verdadero horizonte», que, en ella, se traducía en una mirada subjetiva y personal. Por ello, la imagen que solía mostrarnos de las ciudades que visitaba no se encontraba en las guías al uso34. C. Bravo-Villasante lo entendió de este modo cuando afirmó que eran «crónicas amenas, entretenidas, escritas con soltura y ligereza periodística, y con la acostumbrada dosis de subjetivismo y elementos autobiográficos»35. Esta particularidad aparece en toda su obra, ya que, desde el primer acercamiento al género con apenas veinte años, una jovencísima Emilia ofrecía el aspecto moral de París, estudiándolo a fondo y no permaneciendo en su fisonomía material36. Buscaba, ya entonces, cosas distintas a las que un cronista más convencional reflejaría. Desde las primeras páginas de Al pie de la Torre Eiffel, vuelve a apreciarse esta inclinación. En la carta VII -«Los Goncourt»-, la autora insistía en que el propósito de su obra no era el «trillado carácter de crónicas o reseñas de la Exposición», pues pensaba alternar las descripciones del certamen internacional con impresiones más íntimas, aunque de general interés, siempre que éstas merecieran la atención pública y, en distintos momentos del libro, advertía que el París intelectual y moral era lo que verdaderamente le interesaba mostrarnos: «se destacará de nuevo para mí sobre el murmullo ensordecedor del gran Certamen» (I, p. 25). Esto mismo fue afeado por Emilio Bobadilla en Capirotazos, calificando su primer libro como una «exhibición pedantesca de la personalidad de la autora»37.
Esta tendencia, innata en la Condesa, se entrelaza, a la perfección, con el espíritu culto y el enfoque misceláneo de estos libros. La autora supo entreverar lo frívolo con lo sesudo, por ello da cuenta de los acontecimientos de la Exposición -actos culturales, pabellones...-, pero también comenta sus salidas, gustos, aficiones, cenas; hace crítica literaria y pictórica y se convierte en comentarista política. De este modo, se justifica que los excursos sean muy habituales en su obra, llegando a ocupar cartas íntegras. Para conocer el verdadero alcance de esa orientación miscelánea -esencial en toda crónica periodística-, debe hacerse notar que Al pie de la Torre Eiffel no inaugura las crónicas de la Exposición en sí hasta la carta VI. A partir de aquí, abordó diferentes aspectos de la misma desde la IX a la XVII. Las entregas restantes son preámbulos de la escritora (así se aprecia en las epístolas I, II, III y V) o digresiones de temas diversos. La carta VII, para descansar del fragor de la inauguración, la dedica a los hermanos Goncourt, la VIII se presenta como un cambio de ritmo dentro de la bulliciosa vida parisina, al reflexionar sobre la fe altruista de Lagarrigue, y las epístolas IV y XVIII versan sobre dos figuras literarias francesas de primer orden: Barbey d'Aurevilly y Bourget. Por Francia y por Alemania presenta todavía un mayor número de cartas que sobrepasan el tema de la Exposición. Tras las dos primeras epístolas destinadas a consignar los avances científicos del certamen, inserta una tercera dedicada a la política francesa, a la que le sigue una carta extensa sobre moda. Desde este momento, se alternan las epístolas digresivas con las que, de forma más o menos directa, abordan aspectos relativos a la Exposición. Así, la V versa sobre concursos literarios; la VIII sobre Boulanger; la IX nos acerca a la actividad del explorador gallego Arnaud; la XV y la XVI son dos excursos sobre poesía y teatro actuales en Francia, respectivamente; la XVII, sobre orfeones gallegos y la XIX es un acercamiento a la figura de Eça de Queiroz. Si suprimimos estos excursos y esas cuatro cartas del viaje por el centro de Europa -de la X a la XIII-, Pardo Bazán abordó aspectos relacionados más o menos directamente con el certamen sólo en siete epístolas (la I, II, IV, VI, VII, XIV y XVIII). Un porcentaje reducido en el conjunto global de la obra.
De sus cartas, se trasluce que el bullicio y el vértigo de la Exposición fueron causantes directos del retraso en el relato material y físico del certamen. En más de una ocasión, alude a «la vida agitadísima que me veo obligada a llevar», a «las innumerables visitas que hago y recibo», al remolino de fiestas, a la ida y venida de personas ilustres. En la carta IX -«Un español de pura raza»-, fechada el 28 de mayo, nos dice que, de la Exposición propiamente dicha, «no he visitado despacio por ahora más que la exposición de los productos de las fábricas nacionales de Sèvres y los Gobelinos» (I, p. 149). Y en la carta siguiente: «Cacharros, muebles, encajes, joyas», del 5 de junio, comenta: «Me he prometido a mí misma hablar algo de la parte industrial de la Exposición francesa» (I, p. 161), pues llevaba un mes en París y aún no había abordado faceta de tanta repercusión internacional. Sin olvidar que el 1 de julio, casi dos meses después de la inauguración, comentaba a sus lectores: «Ya es tiempo de que yo empiece a describir algunas instalaciones nacionales; y siguiendo el orden cronológico de nuestra civilización, empezaré por Grecia» (I, p. 251).
Destaca en estos dos epistolarios las concesiones autobiográficas de la escritora. A través de sus páginas, conocemos muchos de sus gustos, hábitos y aficiones. Esa intensa presencia de Pardo Bazán fue objeto de controversia. C. Mendoza, por ejemplo, valoró muy positivamente el documento biográfico de Al pie de la Torre Eiffel38, mientras que Díaz Benzo se burló ácidamente de sus cartas iniciales, abarrotadas de rasgos personales39. Las dos primeras epístolas están plagadas de recuerdos de sus otros viajes, recuperando esa vida íntima, ese día a día en París de años pasados. Por ellas sabemos que solía estudiar hasta las cuatro y de cuatro a doce hacía la noche del incansable turista y observador. Visitaba a las duquesas legitimistas de Saint Germain y a los literatos y sabios más relevantes. En enero se iba con su «cartera de apuntes bajo el brazo» a tomar notas del natural. No le disuadía el mal tiempo; por ello, nunca dejaba de «bregar con los libros y los manuscritos de la Biblioteca Nacional de la calle Richelieu», ni de asistir a la Ópera. Entusiasmada, comenta que recorría la capital «sola y libre», siendo respetada como mujer, «porque aquél es un país culto» (I, p. 15), pero también porque dominaba perfectamente la topografía física y moral de los barrios parisinos. Confiesa que ha recorrido toda la ciudad: sus calles, restaurantes, freidurías y cafés; todo, salvo algunos lugares indecorosos. Y, con curiosidad insaciable, comenta que ha visto fabricar el nougat y las trufas, acaramelar las violetas y falsificar el champaña: «en fin, me sé de memoria la bucólica parisiense» (I, p. 7). Una de sus excursiones predilectas era la visita a los museos. Los domingos, como cerraba la Biblioteca Nacional, se refugiaba en el Louvre, el Luxembourg o Cluny. Y sólo cambiaba de itinerario cuando iba al desván de Edmond Goncourt40. Por estas pequeñas confesiones, sabemos que doña Emilia tenía el paladar «cosmopolita y curioso», como su personalidad; que los fuegos de artificio eran uno de sus espectáculos favoritos; conocemos sus añoranzas y opiniones acerca del carlismo41 o que, entre sus aficiones, no se contaba la música («de todas las bellas artes la música es la que me satisface menos» I, p. 147). Pero Al pie de la Torre Eiffel no sólo ofrece evocaciones parisinas, su autora también incluyó sus recuerdos de la Exposición Universal de Barcelona de 1888, a la que asistió «como viajera perezosa, a gozar un mes de libertad y de recreo estético y ensoñador» (I, p. 70). Estas páginas presentan un interés singular, pues Pardo Bazán no escribió, en su día, nada sobre el certamen, exhausta como quedó de sus crónicas vaticanas42.
De sus opiniones personales, resalto en este apartado su concepción del progreso. Ella, que había confesado numerosas veces su afición «invencible» al pasado, al arte, por considerarlo más auténtico y fervoroso; se siente sobrecogida en París por tanto adelanto industrial y tanto progreso, que simboliza el presente, prosaico y gris. A principios de mayo, confiesa encontrarse en una tremenda disyuntiva:
Mañana saldré de Burdeos hacia París, a fin de presenciar la ceremonia de la apertura. Sólo de oír nombrar tanta galería de hierro, tanta maquinaria, tanta electricidad, tanto ascensor vertical y oblicuo, tanta palanca y tanto endiablado invento como ostenta el Campo de Marte, parece que me entra jaqueca. ¿Qué será cuando los vea funcionar? Me refugiaré en los jardines, en los cuadros, en las estatuas, en el eterno asilo de las almas soñadoras: la Naturaleza y el Arte. No quiero morir aplastada por el coloso de hierro de la Industria.
(I, p. 80)
En la carta VI del mismo libro: «La inauguración», Pardo Bazán sigue reflejando ese conflicto cuando, tras penetrar en la Galería de las Máquinas, alude brevemente a su grandiosidad e imagina que los artilugios allí expuestos le hablan a ella, «empedernida amante del pasado», «admiradora infatigable de las catedrales viejas y de los edificios muertos». Los aparatos parecen pedazos de bruto metal, pero representan la inteligencia, pues el alma del hombre es quien los mueve: «Aunque tú no lo creas, soñadora idealista, en nosotros hay un poema: somos estrofas, somos canto» (I, p. 99). Cuando vuelve a visitar la Galería de las Máquinas, confiesa que, si no fuese por las aficiones científicas de su hijo Jaime, sólo hubiese ido una vez, pues, con total franqueza, admite que las máquinas le aburren y que no posee «la bosse o chichón de la mecánica»43.
Pese a todo, Pardo Bazán es consciente de que la modernidad es una fuerza imparable. Ella, como tantas otras figuras finiseculares, «intentó realizar el esfuerzo desesperado de conciliación entre lo tradicional y lo moderno en todos los aspectos», de ahí también su eclecticismo44. De hecho, el de 1889 es el certamen en que la electricidad ha eclipsado al vapor y el hierro a la piedra. Ahora es el busto de Edisson el que destaca en la Galería de las Máquinas y la Torre Eiffel la que señalará una nueva e importante etapa para las construcciones de hierro: «El hierro entrará como elemento poderoso a facilitar obras y empresas colosales» (II, p. 28). Por ello, dejará constancia en sus cartas de los avances científicos, pero solventará el dilema con dos únicas epístolas, las primeras de Por Francia y por Alemania. Entre la curiosidad por todo lo nuevo, por lo que hace avanzar a un país -aspecto que siempre consideró necesario- y la inclinación artística, se decanta por lo segundo. Y así se aprecia en las cartas en que aborda el elemento industrial, las máquinas o la Torre Eiffel. En todas aparece una comparación implícita que genera la disyuntiva arte vs industria. Y en todas toma claro partido por el objeto artístico45. El aparente desdén de la Condesa por el avance científico y arquitectónico se produce porque al compararlo con la magnificencia del arte en sus diversas manifestaciones y escuelas, aquél siempre sale perjudicado. Una cosa es el utilitarismo y otra bien distinta la estética. Como cuando contrapone la altura de la aguja de la catedral de Colonia a la de la Torre Eiffel. Aquélla le parece infinitamente superior: «¡159 metros de piedra, artísticamente labrada, animada por el soplo de la fe! El hierro, en mi entender, no conseguirá nunca la majestad y dignidad de la piedra» (II, p. 19). Entre arte y ciencia; entre piedra y hierro, elige las primeras opciones por su belleza, alma y personalidad; aunque ello no excluya la admiración de las segundas.
Sí es cierto que, en comparación con las cartas que dedica total o parcialmente a cuestiones literarias (I: IV, VII, XIV, XVII; II: V, XV, XVI, XIX), pictóricas (I: XII; II: VII) o políticas (I: II, V; II: III, VIII), las relativas al progreso y al elemento industrial conforman una reducidísima presencia46. El enfoque peculiar de la autora ante el adelanto de la civilización se vislumbra desde la carta VI de Al pie de la Torre Eiffel: «La inauguración». En ella advirtió a sus lectores que no iba a hablar sobre esta construcción desde el primer instante, pese a ser el más importante símbolo del avance de las sociedades y el mayor atractivo de la Exposición. Sabía que, después de la Torre, difícilmente se encontraría alguna novedad estimulante, algún signo peculiar que distinguiese en el futuro a este certamen de los venideros; pero, aun así, quería dejar pasar cierto tiempo y abordarla en sus crónicas cuando todos los corresponsales y periódicos del mundo, de tanto hablar, empezasen a abandonarla47. Pardo Bazán podía adoptar esta actitud en unas crónicas extensas y de cierta periodicidad, como las remitidas al público sudamericano; pero en las cuatro cartas de La España Moderna, no; pues disponía de un espacio limitado. De ahí que en la primera epístola dirigida a esta revista, al describir los edificios de la Exposición, hablase, de inmediato, de la Torre Eiffel.
A pesar de la prevención que dice sentir hacia los avances científicos, Pardo Bazán es consciente de que, como cronista del evento, debe informar sobre la parte industrial de la Exposición francesa: «no todo ha de ser elemento pintoresco, literario y político» (II, p. 1). En la carta X de Al pie de la Torre Eiffel -«Cacharros, muebles, encajes, joyas»-, confiesa que es una obligación, pues ha hecho una promesa en su fuero interno: «y la verdad es que me he metido en camisa de once varas» (I, p. 161), al no entender ni incumbirle demasiado el tema. Pardo Bazán soluciona esa necesidad informativa reflejando en su carta «la impresión reflexiva y puramente estética de quien no ve en la industria otro atractivo que servir de pretexto a las aplicaciones del arte» (I, p. 161). De este modo, y sirva de ejemplo, cuando la autora afronta la tarea de reseñar la aportación de la cerámica a la industria, no facilita datos concretos ni realiza un estudio comparativo de la producción ceramista de los diferentes países europeos. En su lugar, opina sobre la fragilidad de la cerámica portuguesa a la hora de su cuidado, haciendo un recorrido intuitivo por esta faceta industrial.
Rasgo definidor de toda crónica periodística es la valoración personal del autor ante la noticia que refiere. Es difícil imaginar algún escrito de Pardo Bazán sin un comentario o interpretación particulares. Como la autora estaba muy implicada con la realidad social, cultural y política de su país, sus opiniones sinceras solían ir acompañadas de cierta polémica. Este compromiso fue, además, una constante en toda su obra y apareció simultáneamente en su crítica y en sus novelas, como demostró N. Clemessy48. J. M. González Herrán apuntó que cada vez era más común que las declaraciones de esta escritora suscitaran controversia, «frecuentemente salpicada de insultos y acusaciones injustas»49. En estas dos obras, por su extensión y carácter misceláneo, esta peculiaridad ofrece abundantes ejemplos. La vemos mostrando su indignación por el fallo del jurado en el certamen de Bellas Artes, pues supuso un descrédito para la pintura española50; manifestando su desconfianza en el sistema democrático español, aplicado según convenía a los políticos; leemos sus opiniones sobre el destino de España y de las repúblicas sudamericanas o sus reflexiones sobre el ejército español. Por el cariz de sus ideas, Pardo Bazán se muestra en esta obra pre-noventayochista y, en todo momento, aparece su acendrado patriotismo, mal entendido por muchos de sus contemporáneos51 y cada vez más acentuado. La autora escribía el 3 de junio de 1889 a José Yxart y, al final de la misiva, explicaba: «los años pasan y en vez de gastarla endurecen y descubren en mí la veta española»52.
Ese amor a su patria se muestra como Jano bifronte y nunca hay que entenderlo en ella como alabanza incondicional de todo lo español. Cree que puede servir al país con su pluma, alertando de los vicios, corrupciones y retraso en que se encuentra, para que progrese y se coloque a la cabeza de las potencias europeas. Por ello, no dudará en criticar lo defectuoso de sus propias creencias. Pero al mismo tiempo, considera una obligación defender a España de esos ataques injustificados que procedían, en especial, de Francia y de los que se queja a lo largo de sus libros. Al proteger a España, embestía contra el país vecino, profiriendo comentarios de aparente galofobia, propiciada por el destinatario de sus libros: «De haber sido escritas para público americano, origínase también una falta o exceso de estas crónicas: cierta galofobia acentuada en la forma aunque templadísima en el fondo» (II, pp. 246-47), nos dice en el Epílogo. Las opiniones de Pardo Bazán en defensa de España y contra aspectos diversos de Francia jalonaban las páginas de sus dos libros, pero la última carta de Al pie de la Torre Eiffel es una muestra prototípica de lo expuesto53. Esta epístola -«Pro patria»- es una defensa de su país y sirve para valorar el patriotismo de la escritora. Se queja amargamente, por un lado, del desconocimiento que los franceses muestran por España, ignorancia que se refleja en artículos grotescos y ridículos, cargados de gazapos54; por otro, no comprende la ceguera de los franceses ante «una nación que se tiene inmediata», pues las más elementales nociones de la prudencia y del sentido común aconsejan conocer a fondo. Considera causa primera de esa ignorancia, la prepotencia del país vecino -«presunción exclusivista», la define ella-: «Virtudes y vicios; ingenio y genio; arte y ciencia; caracteres y costumbres, todo ha de ser a la manera gala, y si no, es puro salvajismo, barbaridad y estupidez» (I, p. 293). Pero Pardo Bazán no quería que sus crónicas resultasen en exceso antifrancesas y, por ello, desea que sus compatriotas piensen en Francia como un país de primer orden y que mucho en él debe admirarse, conocerse e imitarse. Francia es una nación «grande, poderosa, ilustrada, activa y fuerte», pero ello no impide a la escritora que, a veces, se acalore y afirme realidades con un lenguaje apasionado que, con el paso del tiempo, se enfrían: «Creo que bajo la hoguera está la nieve, y que en las capas profundas de mi espíritu reina la calma» (II, p. 247).
Mostrar las opiniones personales de Pardo Bazán sobre todos los asuntos tratados en estos dos libros resulta inabordable en un trabajo de esta índole. Me centraré en las declaraciones sobre el ejército español y en sus ideas sobre la situación de España, manifestaciones ambas de la decadencia nacional. Con respecto a la primera cuestión, unas opiniones de la autora vertidas en la carta XI de Al pie de la Torre Eiffel: «Bayonetas, cañones. La Exposición por fuera», la colocaron en una situación comprometida, levantando tremenda polvareda en la prensa55. Doña Emilia, tras abordar el rearme de Alemania e Italia, expuso, en poco más de dos páginas, la inutilidad de nuestro ejército en tiempo de paz -por desorganizado y ruinoso al erario- y la involución que solía presentar el prototipo del militar en provincias. Su habitual franqueza encontró un duro escollo en algunos miembros del estamento militar, quienes, rápidamente, extendieron el debate a la prensa. La Época publicó un artículo donde se indicaba que Pardo Bazán había sido llevada ante los tribunales56. Este texto reprodujo el fragmento polémico y, en su parte final, mediaba en el debate. Llegó, incluso, a justificar a la autora dándole la razón en sus críticas, estampadas «con su claridad y soltura peculiares». Con humor, pretendía distender la tensión generada, rogando que cesase el agravio y hubiese paz entre las partes. La escritora desmintió a los pocos días, en otra carta remitida al mismo periódico, que hubiese visitado los juzgados y aclaraba el malentendido57. Relataba que primero apareció la noticia en los periódicos coruñeses y que pasó rápidamente a los madrileños: La Época, El Globo y El Liberal. Para confirmar el estado de la cuestión, llegó a escribir a la autoridad militar competente, el Sr. Sánchez Bregua, por si dicho Capitán General tenía noticia de la demanda, siendo, por parte de éste, negativa la respuesta. Aparte del rápido y directo cauce de la prensa, varios meses después la autora volvía sobre el mismo asunto en el Epílogo de Por Francia y por Alemania y se lamentaba de la injusticia de la que había sido objeto, pues unas pocas líneas, «de estilo entre humorístico y censorio», provocaron un alboroto tremendo: sueltos y artículos -anónimos en su mayoría- y hasta un folleto, «de grosero e insultante estilo»58. Que unas concisas líneas levantasen más polvareda que juicios similares de otras personas, demostraba una vez más que lo escrito por mujeres -y muy en especial por Pardo Bazán- era revisado con lupa por sus colegas masculinos. De hecho, en diversos números de La España Moderna, se publicaron varios estudios que abordaban la crítica situación del ejército español y no provocaron el escándalo que las palabras de la escritora gallega59. Su indignación la llevó a advertir en el Epílogo del segundo epistolario que, en la nueva reimpresión de Al pie de la Torre Eiffel, no pensaba suprimir esas páginas, por «el vocerío insultante y amenazador» que se había levantado tan injustamente. Y así lo hizo, llegando incluso a introducir en el fragmento variantes estilísticas.
El folleto al que alude la autora se tituló, ya lo hemos visto, Al pie de la Torre de los Lujanes. Pardo Bazán adoptó ante esta publicación una actitud desdeñosa e indiferente al no responder públicamente a ninguna de sus acusaciones. Su autor adoptó las mismas armas literarias que doña Emilia, sirviéndose del molde epistolar y del recurso de un viaje: desde el pueblo burgalés de Villazopeque hasta Madrid. Al pie de la Torre de los Lujanes está compuesto por catorce cartas, la mayoría breves, que contestan a todas las de doña Emilia. Están fechadas en Villazopeque, Valdepeñas y Madrid y fueron escritas a lo largo del mes de diciembre de 1889. Frente a la postura europeísta y cosmopolita de Pardo Bazán, que viaja a la cuna del progreso: al pie de la Torre Eiffel; Díaz Benzo se traslada a la madrileña Torre de los Lujanes, símbolo de ese casticismo y patriotería de los que la escritora gallega recibió tantos injustos ataques. La Contestación a la Carta 11ª, la más extensa del folleto, es donde el militar abordaba el debate sobre el ejército español. Defendía a ultranza a este estamento y denunciaba el indiferentismo de los que pensaban que España nunca necesitaría a sus militares y del de aquellos jóvenes que desdeñaban carrera tan esforzada. Díaz Benzo rebatía, una a una, todas las afirmaciones hechas por doña Emilia en el retrato del militar, máxime cuando la escritora nunca había visitado un cuartel, es decir: que opinaba de lo que no entendía. Y la llegó a acusar de oportunismo: «Esas críticas que levantan polvareda aumentan la venta del libro, y son reclamos literarios» (p. 40).
Pero la cuestión militar suscitada por el libro de doña Emilia siguió ocupando la actualidad en meses sucesivos. En marzo de 1890, La España Moderna publicó un extenso artículo de Juan Lapoulide, el entonces director de La Correspondencia Militar. Comenzaba dando las gracias a Pardo Bazán por citar uno de sus libros -Pobre España-, para, a continuación, entrar en el debate60. Lapoulide justificaba que casi todos los militares implicados firmasen con seudónimo, pues solían publicar en revistas estamentales donde de continuo sufrían gran presión. En tono conciliador, comentaba a la escritora que cometió dos importantes faltas al opinar como lo hizo sobre el ejército en Al pie de la Torre Eiffel. La primera, haber generalizado en sus juicios: cierto que hay oficiales de reserva panzudos, sin afeitar y que pasan hasta hambre; «pero generalizó V., y todos se consideraron ofendidos» (p. 96). La segunda, haber pronunciado aquellas opiniones en momento tan delicado. El ejercito, mal considerado por las gentes y con escasos dones de fortuna, podía ver en toda censura, por razonable y meditada que fuese, «intención deliberadísima de ofenderle» (pp. 90-91). Sin olvidar que las palabras de Pardo Bazán causaron aún más marejada por el prestigio del que la escritora gozaba en la tribuna pública.
Esta cuestioncilla, como la calificó en el Epílogo de Por Francia y por Alemania, debió herirla en lo más profundo de su ser. En 1899, cuando publicó la segunda edición de estas crónicas, adelantó el mencionado Epílogo, ubicándolo delante de todas las cartas, dándole, así, un lugar preferente. El debate militar volvió a aflorar en el Prólogo a la segunda edición, redactado tras la derrota de Cuba y en unos delicados momentos en que, en el Congreso y el Senado, se debatía lo que dieron en llamar prestigios del ejército español. Desde 1899, Pardo Bazán comprobaba con tristeza que no se había equivocado en esos polémicos juicios de antaño, aunque ahora la crítica la hacía extensible a otras instituciones -no sólo al ejército-, causantes «de nuestra enferma y decaída patria» (III, p. 6).
Las reflexiones de Pardo Bazán sobre la situación española se fueron haciendo más patentes en torno a estos años y tiñéndose de matices cada vez más sombríos. Su análisis muestra dos frentes: el político -resalta la corrupción del gobierno- y el económico -lamenta la profunda crisis en todos los sectores productivos-. Ambos se relacionan, por contraste, con la optimista e ilusionada disposición de América Latina. Con respecto a este último punto, estos dos libros ayudan a comprender su visión sobre Hispanoamérica y amplían la exposición que Freire López ofreció acerca del «tema americano» en la obra de la Condesa61. En la carta III de Por Francia y por Alemania: «Politiqueos», Pardo Bazán abordaba la situación política francesa para pasar rápidamente a opinar de la Restauración española. A su juicio, era un «infeliz sistema» que tenía malparados a los españoles: «La inmoralidad de las costumbres ha llegado, bajo los regímenes parlamentarios, a ser una lepra mansa» (II, p. 31). En el apartado, cargado de indignación, que presta atención a la situación española, Pardo Bazán analizaba la extendida corrupción entre los políticos:
Al que se asusta de un chanchullo le dicen que no entiende nada de política y que es un memo, al que protesta contra él le tratan como a secator o trouble fête impertinente y mal criado.
(II, p. 31)
Apuntaba que echar por tierra las instituciones y constituciones «que amparan semejante estado de la república» (II, p. 33) quizás fuese la única solución a tanto malestar. Hablaba sobre los políticos que derrochaban el dinero y se enriquecían inmoralmente a costa de los españoles u ostentaban siete cargos a la vez: «el abuso tiene raíces tan hondas, que ha llegado a amortiguar la conciencia hasta el extremo de que tratar de semejantes asuntos, sacarlo a relucir, indignarse contra ellos, pasa ya por inocentada, ya por extravagancia, ya por incorrección...» (II, p. 31). Los males sociales están extendidísimos en la Restauración y la industria y la agricultura, en franca decadencia: «A la sombra del sistema actual, la política ha llegado a ser la carrera más fructuosa, mientras la industria tose de pecho y la agricultura echa el último hipo» (II, p. 33).
En «Algo de España y América», dedica unas pocas líneas a la agricultura española, que «harto hará si se defiende del fisco y no se entrega exánime, desgarrada en todas partes por sus uñas. Ignoro si adelanta o no; lo asombroso es que viva; que el territorio español no se haya quedado aún yermo e inculto» (II, p. 226). Y cuando habla de nuestros emigrantes vuelve a abordar la grave crisis del país, que favorecía el éxodo de tantos compatriotas62. Pardo Bazán se cuestionaba el papel de nuestra raza en sus dos ramificaciones: España y América latina y hacía balance de la representación española en el certamen. Esos párrafos se vinculan a otras opiniones aparecidas el año anterior en Mi romería, en el interesante capítulo titulado «Confesión política», y nos recuerdan las formuladas por sus amigos los noventayochistas y por ella misma en obras posteriores63. Al evaluar la autora la aportación de España en el certamen, realiza un breve análisis de la decadencia nacional, pues lo primero es consecuencia de lo segundo. Ahora no se centra en lo político, sino en lo industrial. Opina que España se ha presentado en París como un país de color local, de riqueza agrícola y grandes aptitudes; pero afligido por una decadencia lastimosa, «que todos vemos, que todos reconocemos -al menos verbalmente- y sobre cuyas causas y remedios se opina de tan diversos modos» (II, p. 221). Cree que la situación española no se puede llamar decadencia, «sino desorganización o desbarajuste general, con aleación de atonía y pereza». Hay voces que la achacaron al régimen anterior, pero con la llegada del nuevo, la situación no ha mejorado:
vamos de mal en peor; nos desmoronamos lentamente, piedra tras piedra, quedándonos arruinados y exangües... nosotros no sabemos a qué santo encomendarnos, ni en dónde buscar recursos, ni qué contribuciones inventar, sin que a despecho de nuestros hábitos de exacción y despilfarro, sepamos, en ocasiones como la presente, tener un arranque generoso para presentarnos con cierta brillantez a los ojos del mundo.
(II, p. 221)
La industria, calificada por la escritora como «fuente de prosperidad para las naciones contemporáneas», no se encuentra en España en su mejor momento, pero el que quiera juzgarla por la representación en París, sacaría una opinión «errónea por lo despreciativa e injusta» (II, p. 221). Para confirmar su aserto, realiza un breve recorrido por todos los productos españoles, que, en lo industrial, son más castizos que relevantes: capas de paño, corsés, zapatos, coches, muebles, guitarras, castañuelas, sillones. En definitiva, la representación española es la de un país «capaz de grandeza y esplendor», que no avanza ni está a la altura de otras naciones europeas64. Similar lamento volvería a aparecer en las crónicas parisinas de 1900: «No seremos de las primeras naciones industriales; pero somos más, mucho más de lo que aquí parece»65.
Lo contrario se aprecia en las jóvenes repúblicas sudamericanas: «Allí está nuestro porvenir, nuestra renovación, la continuación de nuestra importancia histórica» (II, p. 227). Esta nueva España aparece ignorada por nosotros, aunque calladamente se va colocando en primera línea, por el esfuerzo con que ha desterrado la anarquía y la rudeza. Ahora absorbe a los emigrantes españoles, ahuyentados «por el malestar que crecía, los tributos que arreciaban, la miseria que llamaba a las puertas del labriego y del colono, y el horizonte que se cerraba cada vez más» (II, p. 228). Defiende con energía a estos pueblos sudamericanos que han sabido granjearse con esfuerzo el respeto de toda Europa y que han tenido una digna representación en el certamen internacional. De hecho, admite que su mirada más ilusionada la lanza, en general, a todos los pabellones hispanoamericanos, pues en esos nuevos estados se cifra, a su juicio, «el porvenir de la raza española» (I, p. 25). Aunque la Providencia ha arrebatado a España su señorío en Europa, la ha hecho renacer en las regiones sudamericanas. Con esta optimista y esperanzadora reflexión sobre Sudamérica y sobre el futuro de la raza española, cierra la crónica de la Exposición y se despide de París, cuyo certamen se ha coronado con un éxito rotundo. A su juicio, ha servido para demostrar el adelanto, riqueza y poderío del país organizador y ha sabido aunar en perfecto equilibrio el elemento científico -la Galería de las Máquinas y la Torre Eiffel-, el artístico -en especial, en las Exposiciones Decenal y Centenal- y el exótico o pintoresco -con las costumbres de salvajes, negros, asiáticos, moros...-. Se muestra satisfecha porque la doble faceta de toda Exposición: la feria y la universidad, de las que habló en uno de sus libros posteriores, se ha mostrado sobradamente.
Estos dos libros, citados por la crítica siempre de pasada, son importantes en el conjunto de la obra pardobazaniana. Escritos cuando su autora había alcanzado la madurez literaria, tras la publicación de sus grandes novelas sobre la tierra gallega, nos acercan a una mujer culta, curiosa, íntima, inteligente, comprometida con su realidad, polémica, que nos brindó una mirada abierta al mundo, visión que acercaba Europa a España. Al pie de la Torre Eiffel y Por Francia y por Alemania fueron redactados en la década anterior al desastre del 98, cuando se fue fraguando la generalizada toma de conciencia de la decadencia nacional. A través de sus páginas, se reafirma el patriotismo de Emilia Pardo Bazán y su preocupación por España y comprendemos mejor la evolución ideológica de pensadora tan relevante.

NAFARREN ETXEA CASA DE LOS NAVARROS

Emilia Pardo Bazán en el epistolario de Marcelino Menéndez Pelayo
José Manuel González Herrán

Desde mediados de 1982, la Fundación Universitaria Española ha emprendido la tarea de publicar en una colección que alcanzará probablemente los veinte volúmenes, de los que ya han aparecido siete, todo el epistolario de Marcelino Menéndez Pelayo1, tanto las cartas que escribió, como a las a él dirigidas; fácilmente se comprenderá que el grupo más numeroso es el segundo, ya que el investigador santanderino se cuidó de archivar la copiosísima correspondencia recibida, documentación que actualmente se conserva en su Biblioteca de Santander; más difícil resulta la recuperación de las cartas que él envió, dispersas cuando no definitivamente extraviadas. Una parte de toda esta correspondencia ya había sido publicada con anterioridad: así los epistolarios con su hermano Enrique, Valera, Pereda, Alas, Laverde, Milá y otros; pero es mucho más lo que hasta 1982 seguía inédito: téngase en cuenta que la correspondencia que esta colección pretende publicar abarca unas 17.000 cartas, cantidad que puede crecer, puesto que la indagación y búsqueda de documentos no ha concluído.
Es fácil imaginar tanto las dificultades y mérito de la edición de tan compleja colección documental -excelentemente cuidada por Manuel Revuelta Sañudo, director de aquella Biblioteca-, como su interés y utilidad para cuantos se ocupan de cualquier aspecto de la cultura española entre 1870 a 1912. Muestra de ese interés puede ser lo que en este artículo recojo: algunas noticias, datos, juicios o comentarios, poco conocidos o totalmente nuevos, referidos a doña Emilia Pardo Bazán, su biografía, personalidad, actividades, libros, etc.; información contenida no sólo en las cartas de la propia escritora coruñesa, sino en la correspondencia cruzada entre don Marcelino y uno de sus más fieles corresponsales, Gumersindo Laverde Ruiz2.
Como han notado los biógrafos y estudiosos de la Pardo Bazán, no es conocida más que una pequeña parte de las muchas cartas que escribió la autora de Los Pazos de Ulloa3; de ahí la importancia de esta recuperación de su correspondencia con el polígrafo santanderino. Una correspondencia bastante amplia y constante: 55 cartas a lo largo de casi treinta años; al principio, la relación es más continuada (20 cartas entre 1879 y 1882); luego se espacia algo más: de 1882 a 1887 hay 14 cartas; las restantes -entre ellas, varias notas y tarjetas de invitación o cortesía- se reparten hasta 1908, con un largo paréntesis entre 1891 y 19074.
A la información que suministran esas cartas cabe añadir, como dije, la que, de modo marginal, aparece en la correspondencia entre Menéndez Pelayo y su consejero y mentor, el hoy escasamente recordado Laverde Ruiz, cántabro como aquel y largamente vinculado a Galicia: catedrático en el Instituto de Lugo de 1863 a 1873, y de la Universidad de Santiago entre 1876 y 18905. Resulta curioso observar que, salvo alguna mención en textos de otros corresponsales, las alusiones más frecuentes a doña Emilia están en las cartas Menéndez Pelayo-Laverde; no en vano es éste quien por primera vez, con fecha de 19-VI-75, informa a don Marcelino de la existencia de la entonces joven escritora gallega: «Añada V. a la lista de Escritoras el nombre de Emilia Pardo Bazán, coruñesa, cuya firma se ve en varios periódicos gallegos» (I, 239)6. La segunda mención aparece en otra carta del mismo Gumersindo, quien el día de Santiago de 1878 escribe:
«Ya ha salido a luz el Juicio de las Obras del P. Feijoo, escrito por la coruñesa Emilia Pardo Bazán y premiado por el Jurado del centenario del ilustre benedictino en Orense. Cuéntase que los votos estuvieron divididos, inclinándose la mitad de los jueces (los liberales) a favor de otra memoria (que según parece es la que luego publicó en la Revista de España la ferrolana D.ª Concepción Arenal), y que designada para dirimir el conflicto la Universidad de Oviedo, esta sentenció en pro de la Emilia, cuyo trabajo no conozco, aunque creo bien que, aparte la mayor pureza de doctrina, no cederá en valor literario al de su competidora. Dudo que ninguna comarca de España posea hoy dos polígrafas de la talla de estas gallegas». (III, 190).
Nótese en ese juicio la simpatía que el muy conservador Laverde muestra por doña Emilia, a quien supone alejada del liberalismo de la Arenal; en sucesivas cartas insistirá en los elogios a la coruñesa y a su memoria feijoniana, sugiriendo a Marcelino que inicie relación epistolar con ella7. Casi un año después de esas noticias, Menéndez Pelayo acepta el consejo y, a través del mismo Laverde, pide a doña Emilia un ejemplar de su trabajo premiado en Orense, ofreciendo a cambio sus poesías8. No sabemos si por los buenos oficios del catedrático de la Universidad compostelana o por decisión espontánea de la escritora, el caso es que el 3 de septiembre de 1879 ésta firma en La Coruña su primera carta al erudito cántabro, con la excusa de remitirle un artículo sobre Servet aparecido en la Revue Scientifique, animándole a que rebata las tesis de su autor.
No conocemos la respuesta de Menéndez Pelayo (no se ha conservado ninguna de ellas)9, pero sí sus efectos: tras aquella breve y tímida carta primera, el 26 del mismo septiembre, doña Emilia escribe otra bastante más larga y densa, en la que, con su desparpajo habitual, se refiere a los poemas del santanderino, sus traducciones de clásicos, los artículos de La Ciencia Española y pide consejos para sus proyectos de investigación. Más interés tiene la carta que sigue, del 10-XI-79, digna de ser citada y comentada con más detalle del que aquí me es posible: además de referirse a su Pascual López, ya aparecido, y a su proyectada biografía de San Francisco de Asís, ocupa un largo párrafo en una notable autocrítica de su monografía sobre Feijoo, en comparación con la de Arenal («Ello es cierto que el trabajo de la Sra. Arenal no va en zaga al mío, en lo poco pensado o, por mejor decir, mal pensado: con la diferencia que el mío expresa, según creo, más exactamente el pensamiento de Feijoo, que era un positivista-católico, y no un racionalista como la Sra. Arenal lo pinta»; IV, 109). Todavía encontraremos en este epistolario algún otro comentario sobre el mismo Juicio...: en carta del 28-III-80, su autora alude a la intención de refundirlo y ampliarlo, siguiendo consejos de Menéndez Pelayo. (IV, 211-212).
Como vamos notando, es habitual que doña Emilia informe constantemente de sus proyectos, actividades, lecturas, investigaciones, publicaciones, etc.; citaré, por ejemplo, lo que comenta a propósito de su serie de artículos contra el darwinismo (que considera plagiados por Polo y Peyrolón en su libro Supuesto parentesco entre el hombre y el mono)10; los objetivos y propósitos que le han movido a aceptar la dirección de la Revista de Galicia -«aquí no hay sino dos periódicos católicos (en todo el reino de Galicia) y esos, muy malos, y sin lectura apenas. Este, mientras yo lo dirija, respetará siquiera los fueros de la verdad y del buen sentido; no respondo de que respete tanto los del primor literario, porque habrá que cerrar los ojos a más de una falta. Este pueblo y país son poco cultos y es una buena obra ir descortezándoles, en lo posible. Las personas que son dueñas -financieramente hablando- del nuevo periódico, no descuellan por su ortodoxia, pero yo estoy decidida a que la primera falta que en ese terreno cometan sea la señal de mi retirada» (IV, 163)-; el proyecto de la Biblioteca Gallega11; su no desdeñable erudición y amplia cultura (que demuestra al comentar acertada y detenidamente algunos aspectos de los estudios de don Marcelino)12; su interés por ciertos autores extranjeros: Shakespeare, Leopardi, Heine, la novela rusa, y muy especialmente -como luego veremos- la obra de Zola y su escuela. Sin que falten noticias de asuntos «menores», como su petición de recomendaciones para unas oposiciones a cátedras de Instituto, a favor de Jesús Muruais13; (a cambio, hay también encargos de don Marcelino: al igual que hace con otros corresponsales, le pide intervenga para conseguir que determinados institutos, seminarios y colegios adopten como libro de texto un Tratado de Aritmética y Álgebra del que es autor Marcelino Menéndez Pintado, padre de investigador santanderino)14.
De toda esta información, los estudiosos y aficionados a la obra de la Pardo valorarán muy especialmente las alusiones a sus primeras novelas: así, estas frases referidas a Un viaje de novios: «Estaba oyendo, antes de oírlo, todo lo que V. me dice del Viaje de novios. Sospechaba que el género no le había de gustar a V. ni poco ni mucho, y que las descripciones le parecerían prolijas, acaso impertinentes. C'est un peu la mode, como dicen nuestros vecinos, describir así; y además yo noto que sirvo para el caso y que lejos de costarme trabajo, me entretiene tanto esa menudencia de los objetos, esa pintura detallada como a V. los pormenores de erudición e historia» (V, 296). Igualmente, sus frecuentes confidencias a propósito de la preparación, redacción y publicación de su San Francisco, libro por el que don Marcelino sentía especial aprecio (lo que explica que al reeditarlo en 1885, su autora pida al santanderino un prólogo-semblanza)15. A propósito de esa obra, hoy quizá poco apreciada, considero notabilísimo este testimonio que citaré, y que explica con detalle la sensibilidad colorista de la autora de La madre naturaleza:
«...es a mí cosa inevitable, condición de mi temperamento, ver antes que todo el color. Se reiría V. si le comunicase alguna de mis impresiones crómicas. No soy capaz de permanecer en éxtasis ante un cuadro correctamente diseñado (Rafael, v.g.) y los coloristas geniales como Teniers o Rubens, me han tenido a veces sentada horas enteras en los escaños del Museo de pinturas. Los pocos cuadros al óleo que he pintado se distinguen por su colorido brillante y vigoroso. Cuando tengo puesto un traje de colores poco limpios y finos, estoy incómoda. Me han traído ahora de Tánger una gumía árabe, cuya coloración es por todo extremo grata, una combinación de plata oxidada, cobre y seda carmesí: pues a veces estoy leyendo y suelto el libro para recrearme en mirar la gumía (...). El sentido del color impera en mí hasta un grado que parecerá inverosímil al que no sepa lo que se afinan y excitan los sentidos por la contemplación artística. De tal manera me parece característico este modo de sentir las diversas vibraciones luminosas, que se me figura que siempre mis escritos se resentirán de esta excesiva sensibilidad de mi retina».
(V, 482-483)
No es menor el interés de otros textos que podrían citarse: de la carta del 30-IX-81, sus agudas observaciones sobre el estilo y la intraducibilidad de Shakespeare16; o las razones del sentimentalismo elemental de su poemario Jaime («efusioncillas líricas de corte alemán», a su juicio; V, 227). Igualmente constituye una preciosa información la que se deduce de algunos testimonios de la escritora a propósito de sus entonces encontradas vocaciones, investigadora y creadora: en carta del 22-V-81, tras reconocer las limitaciones de sus trabajos de erudición -«escribo a ciegas: necesitaría comer mucho polvo de códices para decir con conocimiento de causa algunas cosas que digo a tientas y bajo ajena fe»-, añade: «Por eso -aunque V. no quiera- me hallo más a mis anchas en la novela, creando. Allí sé que cada palabra es fruto de una observación o de un sentimiento mío» (V, 27); y en la del 7-I-82 comenta el diferente aprecio público que obtienen ambas facetas de su labor: «Esa obra [un artículo sobre los poetas franciscanos], que me costó más tiempo y trabajo, no tendrá probablemente la mitad de lectores que Un viaje de novios, y de fijo ni la décima parte de críticos. No hay cosa que más se lea, ni dé más fama a menos costa, que las obras de imaginación. Verdad es que requieren facultades especiales» (V, 297).
Además de suministrarnos datos que explican el pensamiento estético y literario de doña Emilia, estas cartas nos ayudan también a diseñar su retrato ideológico, los perfiles cambiantes de su postura en los complejos debates que agitaron a aquella sociedad. Ya aludí a la inicial imagen de ortodoxia católica que ofrecía a gente tan cuidadosa en este punto como lo eran Laverde y Menéndez Pelayo; imagen que confirman declaraciones como la citada a propósito de sus planes al frente de la Revista de Galicia. Pero también en esas primeras cartas, la escritora muestra interés por separarse de las posturas integristas; buen ejemplo de ello lo constituye la declaración que en carta del 15-II-80 hace sobre su pensamiento filosófico: «Me parece que me inclino al misticismo de tejas arriba y al positivismo de tejas abajo» (IV, 180). Evidentemente, no era esa la filosofía de don Marcelino, y en cartas de la coruñesa tenemos ocasión de leer ciertas matizadas discrepancias con el pensamiento de aquel «católico a machamartillo»; así las que el 8-VII-82 manifiesta en defensa de Diderot, o de los que llama «mis amigos krausistas o exkrausistas»; un ejemplo más sutil lo constituye el tono de sus comentarios a propósito del famoso «Brindis del Retiro»: en medio del coro de entusiastas elogios que el integrismo español dedicó al discurso de Menéndez Pelayo, defensor del Calderón tradicionalmente católico y español en contra de las interpretaciones de la crítica alemana, la voz de Pardo Bazán es una de las pocas -otra será la de Valera- en manifestar ciertas objeciones. En la misma carta que toca este asunto, la del 16-VI-81, podemos conocer la difícil situación de doña Emilia, vinculada ideológica y socialmente a los adversarios de don Marcelino: «V. no podrá ver a mis amigos; pero ellos se desquitan. Lo menos cien mil escaramuzas he sostenido ya en defensa del que llaman mi sabio» (V, 132).
De poco servían estas declaraciones de fidelidad: el entonces muy intolerante perseguidor de heterodoxos no había de tardar en incluir a la Pardo entre aquellos: el 15-IX-81 confía a Laverde este duro dictamen, cargado de prejuicios: «A propósito de la tal doña Emilia, te diré que en los pocos días que la vi en Madrid me pareció algo demasiadamente bas-bleu, aunque mujer de indisputable talento y de mucha ciencia. También me pareció muy inclinada a los krausistas, ateneístas y demás gente dañina y levantisca, por lo cual he llegado a temer que dé el salto y se haga librepensadora al modo de doña Concha Arenal. Además, es fea, con lo cual tiene mucho adelantado para ser krausista». (V, 208-209); a lo que responderá don Gumersindo el 26 del mismo mes: «Me parece que no pintas mal a Emilia Pardo Bazán. Los primeros versos suyos que leí hace 16 o más años estaban escritos en progresista. Con todo, no creo que dé el salto» (V, 223). Lo que no impide que algunos meses más tarde, en carta del 15-II-83, formule esta opinión: «Es señora de alientos. Tú y ella habríais hecho un buen matrimonio» (VI, 26).
Precisamente en esa misma carta se hacía eco Laverde de un asunto que había de constituir uno de los primeros motivos de choque, o al menos rivalidad, entre doña Emilia y don Marcelino, resuelto con habilidad y elegancia por ambas partes. Es el caso que la vocación investigadora de la Pardo le había hecho concebir el proyecto de componer nada menos que una Historia de la Literatura Castella, «al estilo de la inglesa de Taine»; esa primera noticia es recibida por Menéndez Pelayo con evidente desagrado, que no trata de disimular: «No deja de molestarme el que Emilia Pardo Bazán se ocupe en escribir una Historia de la literatura española. Quizá diga la gente que yo que por obligación la enseño no la he escrito todavía, o por pereza o por no servir para el caso»; y sigue una muy razonada argumentación que justifica el que esa tan necesaria obra esté aún sin hacer, principalmente por falta de investigaciones preliminares y monografías parciales: «Mientras no estén analizados todos, es imposible el trabajo de síntesis y de conjunto» (VI, 77). No sabemos si doña Emilia tuvo conocimiento de esta reacción del investigador de Santander; al menos lo imaginó, a juzgar por lo que le escribe en carta del 18-IV-83; estas son sus intenciones:
«No he llegado todavía a madurar mi idea, ni sé las variaciones que podrá sufrir: tengo mucho que andar antes de llegar a la meta de los estudios que me he trazado para desempeñar la proyectada obra; pero por lo mismo que todavía estoy en condiciones de modificar mis planes, quisiera conocer de los de V. aquello que sin indisculpable impertinencia puedo desear conocer.
Creo que V. está seguro de la admiración y casi veneración que le profeso, y por tanto no me atribuirá propósitos de competencia que supondrían en mí desconocimiento de lo que V. vale y de lo que yo alcanzo. Al contrario; precisamente en la distancia y diferencia que existe entre nosotros fundo yo mis esperanzas de hacer algo sobre literatura castellana aunque V. cultive también ese terreno. Mis libros no tendrán nunca la riqueza erudita de los de V.: serán -si a tanto alcanzan- libros de no ingrata lectura, jamás libros de consulta, ni arsenal de datos, ni fuente de nueva luz para el conocimiento de nuestras letras».
(VI, 94-95)
Curiosamente, esta idea estimuló a Menéndez Pelayo17, quien casi inmediatamente, el 29 de ese mismo mes, escribe a su confidente intelectual, Laverde: «...luego pondré mano a la [historia] de la historia española, para evitar que se me adelante D.ª Emilia» (y añade un irónico comentario: cree que mejor sería que la coruñesa se dedicase a alguna monografía más limitada; «pero es condición de los españoles dedicarnos siempre a lo que menos bien podemos hacer»; VI, 101). La propia Pardo le animará a ello, en carta del 5-V-83: «Me hace gracia el que V. se disculpe de tener que escribir la Historia de la Literatura Española. ¡Pues si es en V. un deber hacerlo, y no por oficio, sino por otras razones más altas!» (VI, 108); eso no será obstáculo para ella, pues su plan, objetivos y características (que explica largamente) son muy diversos18.
Durante algún tiempo -al menos hasta principios de 1885 menudean las alusiones a esa proyectada historia de la literatura en la correspondencia de Menéndez Pelayo con Valera, Miguel A. Caro 19y, lógicamente, Laverde Ruiz20, aunque sólo con este último comenta la posible rivalidad con Pardo Bazán. Don Gumersindo le tranquiliza en carta del 5-V-83 («No te dé cuidado el que D.ª Emilia se te anticipe. Al fin y al cabo, su obra, limitada a las letras castellanas no será, respecto de la tuya, más que una monografía. Además, así podrás aprovecharte de sus aciertos, que los tendrá sin duda en todo lo subjetivo»; VI, 105) y propone un recurso para distraer a la gallega de aquel proyecto: «Para lo que me parece cortada D.ª Emilia es para escribir monografías sobre los Personajes poéticos españoles. Creo que no sería difícil meterla por este camino si se la estimulase, y así, acaso desistiera de la Historia literaria. Propón a la Academia que abra un certamen para premiar memorias sobre El Cid en la literatura, por ejemplo, y es casi seguro que D.ª Emilia acudiría a la palestra» (VI, 106); a los pocos días, el 28 de ese mismo mes, sugiere otra variante de aquella estratagema: «Para distraer a D.ª Emilia de la Historia de la literatura castellana, lo mejor sería que la Academia abriese un certamen sobre los Místicos españoles, señalando un plazo largo. Ya creo haberte escrito que dicha señora estuvo vacilando entre este asunto y la historia literaria» (VI, 123).
La preocupación de ambos catedráticos por esta cuestión resulta poco menos que obsesiva: a una carta de Laverde en que este le informaba «parece que [Pardo Bazán] no desiste de su proyectada historia de la literatura castellana» (VI, 258), don Marcelino responde el 1-I-84 advirtiéndole de las precauciones que debe tomar con un documento que le adjunta, el borrador de su programa de la asignatura que ambos explican: «No he querido imprimirle para que no se aprovechasen de él los que piensen escribir la historia de la literatura. Te encargo, pues, que no se lo dejes ver sino a persona de tu mayor confianza, porque si no, podría salir cualquiera desflorándome el pensamiento, vg. nuestra amiga D.ª Emilia» (VI, 269-270). La cual, por su parte, aún parece seguir con el viejo proyecto en enero de 1885; desde París escribe a don Marcelino informándole de la marcha de sus indagaciones: «Como aquel plan que expliqué a Vd. requiere alguna asiduidad de mi parte, he resuelto revolver estas bibliotecas y las de Roma» (VII, 55).
Mas, a pesar de tales declaraciones, ninguno de los dos investigadores llegaría a escribir esa disputada Historia de la Literatura Castellana21.
No podía faltar, entre las cuestiones mencionadas o discutidas en estas cartas, aquella que la propia Pardo Bazán calificó de palpitante; máxime si tenemos en cuenta que, en el debate que la sociedad literaria española sostuvo al respecto en la década de los ochenta, doña Emilia y don Marcelino mantuvieron un protagonismo muy representativo, con posturas encontradas.
Fuera de algunas anotaciones marginales, sugeridas por alguna de las novelas primeras de la Pardo, el tema del naturalismo es objeto de frecuente discusión en las cartas de 1883 a 1885, a raíz de la publicación de La cuestión palpitante y su consiguiente polémica. La primera noticia al respecto que encontramos en este Epistolario figura en una carta de Laverde, el 9-IX-82, que anuncia a Marcelino la próxima aparición en La Época de «una serie de artículos [de Pardo Bazán] sobre el Naturalismo en el arte22» (V. 541). La impresión de Menéndez Pelayo ante la publicación de tales artículos no puede ser más desfavorable: «Siento que D.ª Emilia se haya convertido en defensora acérrima de la más baja y grosera forma del naturalismo francés, quizá por seguir la corriente de la moda», escribe a Laverde el 2-IV-83 (VI, 78).
Podemos fácilmente suponer que en términos no más benévolos formuló su opinión a la propia autora; el 5-V-83 esta escribe en respuesta al dictamen del erudito santanderino, ahora en funciones de crítico, una carta que constituye un muy interesante complemento de lo expuesto en aquellos artículos deLa Época; tras rechazar la opinión de que los tales constituyesen una defensa del naturalismo («sólo es exposición crítica, y en muchos puntos, impugnación y ataques»), fórmula, en estos términos su concepción acerca de ese roman experimental que propone Zola:
«Yo no me atrevo a profetizar (según indiqué también en mis artículos) lo que será de esta nueva forma literaria; pero suponiendo que Vd. acierte y que dentro de 20 años haya cumplido el ciclo de su vida intelectual, no le sucederá ni más ni menos que el (sic) romanticismo, que por ahí duró, sobre treinta años o poco más, y que no obstante fue (hoy nadie lo duda) grande, potente y necesaria transformación. Tampoco discutiré el valor de Zola, que sin embargo me parece muy digno de sentarse con Balzac a la tabla redonda; pero lo que es indudable es su influencia o como dicen ahora, su dinamismo. Ese hombre es una fuerza literaria. Sus defectos y excesos, yo los he declarado en mis artículos antes que nadie.
Lo que hay en el fondo de la cuestión es una idea admirable, con la cual soñé siempre: la unidad de método en la ciencia y el arte. ¡Ahí es nada! La división arbitraria ha desaparecido, y la observación y experimentación se aplican lo mismo a la novela que a los estudios anatómicos».
(VI, 107)
Algunos meses más tarde vuelve a surgir la discusión, tras la aparición del libro que recoge aquella serie de artículos23; respondiendo a una carta de Laverde del 3-VIII-83, que comentaba la noticia, recogida en periódicos gallegos, de la aparición del libro, Menéndez Pelayo discute los presupuestos del planteamiento estético de aquellos artículos: «Encuentro radicalmente falsa la distinción de realismo e idealismo si se los toma como términos antitéticos, y me parece no menos injusta la condenación intolerante de idealismo»24; discrepa también de lo que llama «empeño de reducir el realismo o naturalismo a la fórmula y a las prácticas de unos cuantos novelistas franceses contemporáneos, de muy dudoso y controvertible mérito. La literatura inglesa, que D.ª Emilia parece tratar con tanto desdén, es mucho más rica en obras de verdadero, genuino y sano realismo»; y concluye con un juicio que equilibra los elogios y las reservas: «en este libro, como en todos de la Sra. Pardo Bazán, admiro el gran talento y el poder del estilo de su autora. Hay hoy muy pocos literatos nuestros que puedan medirse con ella en ingenio y en doctrina. Lástima que por faltarle quizá ciertas delicadezas de gusto, haya tomado en sus teorías críticas una dirección que, a mi entender, es incompleta y falsa, y que no lleva a ninguna parte» (VI, 200-201).
Es lástima que no se haya conservado la carta que, algunas semanas antes, había remitido a la Pardo (en la citada a Laverde del 20 de septiembre afirma que, a propósito de La cuestión palpitante, «he escrito largo y tendido a D.ª Emilia»), aunque también en este caso podemos deducir su contenido por lo dicho a don Gumersindo y por la reacción de la destinataria, quien el 10-X-83, agradece a don Marcelino «su bondadoso elogio» y aprovecha para precisar algunos aspectos del libro comentado.
Sus primeras palabras son para explicar las intenciones, fuentes, aportaciones y limitaciones de su trabajo: «es ciertamente un libro de guerrilla, de escaramuza, y de bien corta novedad en cuanto a las noticias que contiene. En Revistas, en tomos de la Biblioteca Charpentier, un peu partout, como dicen nuestros vecinos, anda esparcida toda la erudición (¿?) de esa obrilla; y figúrese V. qué fuentes tan recónditas. Mi único mérito es haber hecho lo que creo yo que no hizo casi nadie por acá (a lo menos, hablan como si no lo hiciesen), a saber, leerme a todos los novelistas que pasan por realistas, desde Champfleury hasta Guy de Maupassant (...) no es metódico y por eso hay en él claros vacíos que V. nota con razón y que serían más reprensibles si yo lo hubiese titulado Historia del realismo y naturalismo en el arte literario»; se justifica luego por no haber tratado extensamente de Manzoni o de Merimée (a quien considera muy inferior a Stendhal), defiende las opiniones del prólogo de Alas («hijas del más puro y generoso celo literario. Respiran una energía que podrá extremarse más de lo justo en el ardor de la polémica o en el primer movimiento de la indignación, pero que siempre revela un alma abrasada en solicitud por el adelanto serio de las letras»); y ante las críticas de don Marcelino sobre su desatención por la novela inglesa, argumenta: «me aburre soberanamente (hablo en general). Estoy leyendo ahora, como quien sube una cuesta muy pendiente, The mill on the Floss, y Felix Holt, de J. Elliot. Ya ve V., es género realista, y autora muy, muy simpática para mí. Pues me aburre» (VI, 217-219).
Concluyen aquí las referencias a La cuestión palpitante, como tal serie de artículos y libro, fuera de una par de menciones en cartas de Laverde; la primera, el 12-XII-83, para exponer un juicio tan simplista como extendido entre ciertos sectores de la crítica («para mí la cuestión no es entre idealismo y realismo, sino entre lo moral y lo inmoral en el arte», VI, 258) y la segunda, el 25-I-84, para dar noticia de la serie de artículos que el médico compostelano Juan Barcia Caballero está publicando en Libredón, en forma de cartas a Pardo Bazán, sobre el asunto del realismo e idealismo25. Pero la cuestión, esto es, el debate acerca de la nueva escuela literaria, aún ocupa buen espacio en la correspondencia entre doña Emilia y don Marcelino en los años siguientes.
A principios del 85, desde París, la coruñesa anuncia al santanderino su propósito de visitar a Zola, cuyo elogio formula en estos términos: «Sigo en mi herejía de atribuirle un talento prodigioso. El nivel literario actual está en Francia bastante bajo, y hay una plaga de secuaces naturalistas que da asco y fastidio: encima de esta cohorte de pigmeos, la figura del maestro parece aún más grande y alta» (carta del 22-I-85, en VII, 56).
Una nueva ocasión de volver sobre la vieja querella, se plantea a causa del prólogo-semblanza que, como dije, Menéndez Pelayo escribió para la edición de San Francisco de Asís publicada en París por Garnier. A los comentarios que allí se hacían en relación con el naturalismo novelesco de la autora gallega26, esta replica en carta del 2-VIII-85:
«Tengo esperanzas de que, dentro de algunos años, (como no hay peor enemigo de las opiniones erradas que el propio talento del que las sustenta) V. ha de modificar su juicio, no respecto al valor de mis novelas, harto lisonjeramente juzgadas para lo que merecen, sino de la renovación literaria que las ha producido. Y por supuesto que, aun admitiendo toda la parte de responsabilidad que me cabe en esta renovación o secta o lo que V. prefiera, yo declaro que sólo he sido un Ferrán del naturalismo, es decir, que he admitido el virus atenuado, pues mi Cuestión palpitante, más que libro de ardiente propaganda, lo es de distingos, reparos y limitaciones que hacen decir a los colegas de Ultrapirene: C'est du naturalisme à l'eau de rose.
También, si a protestar fuésemos, protestaría yo de eso de que soy naturalista por moda».
(VII, 271)
Todavía volverá la autora de La cuestión palpitante a salir en defensa de los escritores naturalistas, con ocasión de los desfavorables juicios que el santanderino expone en el tomo III de su Historia de las Ideas Estéticas; en opinión de doña Emilia, la actitud de Menéndez Pelayo se basa en un prejuicio, extendidísimo en los sectores de la crítica más conservadora: medir a Zola y su escuela por ciertas muestras de un naturalismo degradado e «indecente»: «No los juzgue V. -escribe el 26-VI-86- por cuatro libracos lupanarios y pornográficos (...) V. que va teniendo tan amplio criterio, ¿cómo no se toma la molestia de seguir un poco la evolución estética actual en Francia? Vería V. que quienes la infestan son los perfumados secuaces de Ohuet o Feuillet, o Bourget, o Stheuriet (...): los verdaderos discípulos de Zola, Daudet o Gancourt, se cuentan por los dedos: quizás serán tres; de los demás nadie hace allí caso, ni toma por lo serio las novelas verdes cuyos autores aspiran a ganar dinero y no más» (VII, 582).
Hasta aquí me he ocupado de las cartas recogidas en los siete primeros tomos del Epistolario aparecidos hasta ahora (abril de 1985), la última de las cuales está fechada en junio de 1886. Gracias a la amable generosidad del Director de la Biblioteca de Menéndez Pelayo, y editor de este epistolario, Manuel Revuelta Sañudo, he podido consultar la transcripción de las restantes cartas de Pardo Bazán, entre 1886 y 1908, que se conservan en aquella Biblioteca, dispuestas para su publicación. Curiosamente, y con alguna excepción que luego mencionaré, su interés para nuestro propósito de ahora es muy inferior al de las ya comentadas; por otra parte, algunas de ellas -precisamente las más notables- ya han sido parcial o totalmente publicadas con anterioridad. Me limitaré, pues, como conclusión de este artículo, a dar somera noticia, con algún comentario, de esa última parte del epistolario de doña Emilia a don Marcelino.
En total son 24 cartas (más exactamente, 23, ya que una de ellas, aunque escrita en nombre de su hija, está firmada por la Condesa Viuda de Pardo Bazán, madre de doña Emilia), de las que once no están fechadas. Varias de éstas son tarjetas o brevísimas notas de compromisos sociales: invitaciones a comer o cenar, a tertulias o recepciones en su casa de Madrid, etc.; en otras hay peticiones de ejemplares de obras de Menéndez Pelayo (con la disculpa de que los libros son muy caros y que este es un capítulo importante de sus gastos), o consultas de carácter erudito o bibliográfico (vgr. sobre la obra pedagógica de Luis Vives). Digno de comentario es un párrafo de una carta de finales de 1890, en la que anuncia: «Voy a publicar desde el 1.º de enero un periódico mensual que se titulará Nuevo Teatro Crítico: al primer tomo de Ideas Estéticas que salga realizaré mi ya añejo plan de hablar de V. y de la obra»; pues bien, por lo que sabemos, y a pesar de esa y otras promesas similares (como la que hacía en carta del 3-VIII-80, a raíz de la aparición del tomo II de los Heterodoxos27), la Pardo Bazán nunca llegó a publicar ese proyectado estudio sobre Menéndez Pelayo y su obra.
De las cartas con fecha, hay varias de escaso interés: recomendaciones en favor de opositores, invitaciones a veladas literarias en su casa o en el Ateneo de Madrid, etc. Como ya dije, algunas de las más valiosas de estas cartas han sido publicadas con anterioridad: así, la del 20-VIII-87, que, otra vez, comenta sus estudios y los de Menéndez Pelayo en torno a Feijoo; la del 14-III-88, que, a propósito de un nuevo tomo de la Historia de las Ideas Estéticas, alude a su propia deuda con la filosofía alemana; la del 8-XII-88, que informa de los proyectos de Lázaro Galdiano acerca de La España Moderna28; la del 6-IV-90, que agradece el pésame por el fallecimiento de su padre29; y la del 9-III-1908, que invita a don Marcelino a intervenir en un acto literario en el Ateneo, dedicado a Espronceda y el romanticismo30.
De este mismo objeto -veladas literarias en el Ateneo, cuya sección de Literatura presidía doña Emilia en esos años- se ocupan las últimas cartas del epistolario que vengo comentando; además de la ya aludida, hay otras invitaciones para sesiones en honor de Zorrilla (carta del 3-I-1907), el Duque de Rivas y Pereda (26-III y 12-IV-1908): precisamente a propósito de este último homenaje, las cartas descubren ciertos pormenores curiosos, que revelan cuál era, a estas alturas, la actitud de doña Emilia hacia el autor de Sotileza, olvidada ya la ruidosa polémica que en 1891 había roto las amistosas relaciones entre ambos31. Según la carta del 26 de marzo, ya desde el año anterior era propósito del Ateneo recordar el reciente fallecimiento de Pereda con un acto en el que, al parecer, había prometido participar Menéndez Pelayo. Pues bien, por razones no suficientes aclaradas, el santanderino excusó su intervención, lo que mueve a doña Emilia a escribir la siguiente carta -la última de las suyas a don Marcelino-, notable tanto por lo que declara como por lo que insinúa o calla:
Sr. D. Marcelino Menéndez Pelayo
Madrid, 12-4-908.
Mi ilustre amigo:
Mucho siento no poder contar con V. para la conmemoración de Pereda, que razones de delicadeza, que a V. se le alcanzarán, me obligan a hacer mientras estoy al frente de la Sección. No quiero que nadie pueda decir, con asomo de fundamento, que he prescindido de los que se colocaron respecto de mí en actitud hostil alguna vez.
La otra velada que se celebró en Madrid, en el Teatro Español, si no me engaño, debió de ser algo restringida en su significación; y habló así en tono conjetural, porque a mí no se me invitó ni siquiera a figurar entre el público.
Por la misma razón de delicadeza yo me abstendré de tomar parte en la velada, dejando a otros en quienes no quepa sospecha de parcialidad alguna que llenen el cometido. No me sería difícil zurcir un discurso, pues V. sabe que tengo muy conocido a Pereda; pero creo más discreto proceder así.
Haré lo que pueda, y sólo lamento poder bien poco.
Siempre su constante admiradora y amiga.
Emilia Pardo Bazán
Sirva este documento -a lo largo que se me alcanza, inédito, y que reproduzco según la transcripción facilitada por M. Revuelta Sañudo- como cierre de estas notas referidas a las relaciones entre dos de las figuras más destacadas de la cultura española del pasado siglo32.